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El peor juicio por brujería se llevó a cabo en España, no en Salem

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Si creías que los juicios de Salem fueron despiadados, espera a que sepas lo que pasó en España.

Aunque normalmente asociamos a las brujas de Salem de Nueva Inglaterra con los juicios por brujerías, la persecución de aquellos que se creían eran brujas no proviene de los Estados Unidos. En realidad, el más grande y despiadado juicio por brujería no se llevó a cabo en ningún lugar aledaño a los Estados Unidos. Por el contrario, fue en España.

La cacería de brujas en España

Los juicios por brujería en España y Salem, lugares opuestos del Océano Atlántico, se llevaron a cabo en el siglo 17.

La religión fue el detonante de ambos casos: en Salem, los colonizadores abandonaron la Iglesia de Inglaterra y practicaron el Puritanismo, una religión que pretendían fuera obedecida por todos.

En España, la Iglesia Católica buscaba herejes para castigarlos y, como consecuencia, se homogenizaba la religión en Europa. Para ambos grupos, “la brujería” pasó a ser parte del perfil de los herejes, sin embargo, ningún juicio en la historia puede competir con los que ocurrieron en la ciudad de Zugarramurdi.

La Inquisición Española fue fundamentalmente un esfuerzo en conjunto entre la Iglesia Católica y los tribunales para buscar y perseguir a miembros bautizados de la Iglesia que no siguieran sus enseñanzas – o a aquellos que estaban completamente en su contra. Se trataba en su mayoría de los judíos que se habían convertido en católicos para poder sobrevivir a la última Inquisición, la cual se había enfocado específicamente en asesinar a miembros de la fe judía.

La ironía del hecho fue que aunque la Iglesia Católica había mandado a los judíos a convertirse en católicos, en la siguiente Inquisición la Iglesia manifestó que los judíos no se habían convertido por voluntad propia, y por ello debían ser asesinados.

Si parece que la Iglesia estaba simplemente buscando una razón para acabar con los judíos, pues eso fue prácticamente lo que pasó.

Una vez que las personas empezaban a practicar la fe católica, se hacían parte de la comunidad. Muchos católicos no apreciaban aquella integración, y les guardaban rencor a los nuevos miembros cuando progresaban en los espacios cristianos.

La Iglesia ordenaba a aquellos que eran acusados de herejía a testificar en la corte. La acusación era equivalente a una condena: cualquiera podía testificar en contra del acusado, y estos últimos nunca sabrían quien los había acusado.

Debido a lo que estaba en riesgo, era muy usual que ni la propia familia del acusado declarara a favor del individuo ya que, si así lo hacían, los familiares también eran acusados de heréticos. Si el acusado se negaba a testificar, los tribunales automáticamente asumían que la persona practicaba la herejía y lo sentenciaban a muerte.

La Iglesia no llevaba a cabo la persecución de heréticos simplemente por propósitos religiosos: lo hacía también por dinero. La Iglesia podía confiscar propiedades y bienes del acusado, y así ganar bastante dinero en los tribunales.

De este modo, la Iglesia amplió su objetivo de perseguir no solo a católicos deshonestos, sino también a cualquier musulmán no católico, judío y protestante. Y ellos, por ende, eran brujos.

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