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Conoce los árboles antena, un ingenioso plan de la Primera Guerra Mundial

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El floraphone (teléfono arbóreo) de George O. Squier se inventó para transformar los bosques del país en centros de comunicaciones.

A comienzos del siglo XX, los árboles estadounidenses no solo hablaban sino que interceptaban comunicaciones enemigas, transmitían discursos políticos a toda la población y sintonizaban juegos de béisbol.

Se pensaba que en algún momento los árboles transmitirían de todo: desde estrategias militares hasta radiodifusión. En un país en proceso de desarrollo, la población quería estar conectada, y la gran esperanza para el contacto instantáneo recaía sobre el modesto y económico teléfono arbóreo del General Mayor George O. Squier.

Squier era un hombre bajo y pelirrojo de Duluth, Minnesota, quien de alguna manera transformó su resistencia a la autoridad en un exitoso proyecto militar. Squier fue el primer graduado de la Academia Militar de los Estados Unidos en obtener un doctorado en ingeniería eléctrica en la Universidad Johns Hopkins. También desarrolló cañones a control remoto y convenció al ejército de sumar una unidad de aviación. Pero sin dudas, los árboles antena, son la idea más descabellada que se le pudo ocurrir.

En 1904, Squier se encontraba en el Campamento Atascadero en California, era un día de verano particularmente caluroso y seco. Los soldados de la armada enviaban mensajes desde telégrafos y teléfonos que dependían de la humedad para recibir y transmitir señales pero resultaban prácticamente inútiles. Squier se cansó rápidamente de estar varado en el campo y apartado de todos, así que combinó sus habilidades en la ingeniería con sus instintos militares y empezó a innovar con ayuda de los recursos que a mano.

Se las arregló para cablear los equipos con un árbol de eucalipto cercano que haría que los mensajes llegasen con éxito. Futuros experimentos revelaron una mejor configuración: un largo y aislado cable clavado a dos tercios del camino hacia el tronco, unido a un receptor y anclado por otros cables enterrados a una configuración radial alrededor de las raíces. “Squier descubrió que los árboles podrían servir de antenas de metal como las de Marconi”, reportó The Search Light en agosto de 1905. El periódico agregó que Squier había utilizado con éxito su experimento y logró enviar mensajes entre las islas de Goat y Alcatraz, a una distancia de tres millas y media.

Este ingenioso militar obtuvo una patente en 1905 por sus teléfonos y telégrafos arbóreos. Luego usó un nombre más atractivo, el “Floraphone”. Sin embargo, Squier era un hombre muy ocupado y le tomó otra década para reconsiderar los árboles antena.

Durante esa época, la Primera Guerra Mundial se encontraba en pleno desarrollo, y la armada estadounidense estaba en la búsqueda de un sistema de comunicación de apoyo a gran escala. Squier, siendo en ese momento el Primer Oficial del Cuerpo de Señales de la Fuerza Armada de los Estados Unidos, decidió poner a prueba los árboles del país.

Éste inició una fase experimental con los bosques de las afueras de Washington, D.C. Para esto usó una pequeña casa portátil acondicionada por algunos soldados que estaba equipada con amplificadores y receptores y estaba rodeada de antenas.

En julio del año 1919, la revista Scientific American envió a un escritor para ser testigo del experimento. Los solados en servicio engancharon unos cables a un roble cercano, hicieron algunos nudos y lo traspasaron a unos receptores. Al principio hubo interferencia pero de repente, se escuchó algo: mensajes transmitidos por la gran antena de la estación transmisora Nauen en Brandeburgo eran llevados a través del aire sobre cuatro mil millas y luego captados y emitidos hacia la tierra por el humilde roble de Washington.

Seguidamente, los soldados salieron y conectaron el equipo a un pino para navegar por los canales: mensajes desde Lyon, Francia, desde la estación Cornwall Poldhu, desde los barcos del Atlántico y desde el entrante avión transatlántico NC4. “No es una broma ni una curiosidad científica”, concluyó el reportero, anonadado, “Los árboles – todos los árboles, de todos los tipos y tamaños, que crecen por todas partes – son una combinación de torres de conexión inalámbrica y de antenas”.

Algunos seguidores estaban entusiasmados con la idea. Un corresponsal de la revista Scientific American relató como los soldados estaban equipados hasta los dientes de equipos comunicativos de la naturaleza: una paloma mensajera en una mano y un árbol de conexión inalámbrica en la otra. En un mundo como ese, concluyó, todos los bosques podrían ser una amenaza militar Macbethiana: “Los ejércitos del futuro (si llegasen a existir) considerarán a todos los árboles estaciones de antenas enemigas”, escribió.

Otros estaban más interesados en el uso cotidiano de dicha antena. Un conocido reportero de Popular Science predijo una nueva era de conectividad en la cual las estaciones de Floraphone podrían ser usadas para estar al tanto de las noticias internacionales y de los deportes, y desde granjeros rurales hasta pilotos extraviados, podrían hacer contacto humano rápidamente, siempre y cuando estuvieran en una zona con muchos árboles. En agosto de 1919, en un intento por transmitir a tantos lugares aledaños como fuera posible un discurso del vicepresidente, varios árboles altos de Squier,  ya contaban con la información”.

A pesar de aquellos triunfos, el apogeo del Floraphone fue corto. El invento fue olvidado a causa de la introducción de otras antenas portátiles más efectivas, y este pasó a formar parte de otros inventos olvidados y ridiculizados como la bomba murciélago, las bases aéreas de iceberg y la tintura de alcachofa que se encuentran en los anales de la tecnología de guerra.

Sin embargo, en estos días podría ser un buen momento para reconsiderar el Floraphone, cuya solicitud, tal como lo sabía Squier, no sería meramente tecnológica: “A través de los años se ha demostrado en la literatura un sentimiento de reverencia, simpatía e intimidad humana con los árboles”, escribió en 1919.

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